Nuremberg: El Juicio del Siglo, la ética del poder
por Daniel Flores · Publicada · Actualizado
Nuremberg: El Juicio del Siglo es una ambiciosa reconstrucción cinematográfica de uno de los momentos más decisivos del siglo XX. Nuremberg: El Juicio del Siglo está dirigida por James Vanderbilt, quien apuesta por una narración sobria pero intensa, centrada en los dilemas morales que rodearon los juicios contra los líderes del régimen nazi tras la Segunda Guerra Mundial.
La película cuenta con un reparto de alto nivel encabezado por Russell Crowe, quien interpreta a Hermann Göring, uno de los jerarcas más poderosos y mediáticos del Tercer Reich. A su lado destacan Rami Malek como uno de los fiscales aliados comprometidos con sentar un precedente jurídico internacional, y Michael Shannon, cuya actuación aporta gravedad y tensión moral al proceso judicial.
Más allá de su rigor histórico, el filme se adentra en una cuestión fundamental: ¿cómo juzgar crímenes que fueron cometidos desde el Estado y amparados por la ley? Las actuaciones subrayan que el juicio no solo se libra en el tribunal, sino también en el terreno de la conciencia. Los acusados se defienden alegando obediencia, patriotismo o legalidad, mientras los fiscales intentan demostrar que existe una responsabilidad ética que trasciende cualquier sistema político.
Desde esta perspectiva, Nuremberg: El Juicio del Siglo funciona como una reflexión directa sobre la ética en el ejercicio del poder. La película sostiene que los gobernantes no pueden limitar su responsabilidad a lo que dictan las normas vigentes, porque cuando la ley se divorcia de la moral, el poder se convierte en un instrumento de destrucción. Gobernar implica decidir sobre vidas humanas, y esa facultad exige principios firmes, incluso en contextos de guerra, miedo o ideología extrema.
El mensaje final es claro y profundamente actual: el legado de Núremberg no es solo jurídico, sino ético. Los líderes políticos y quienes administran justicia deben rendir cuentas no únicamente ante su país o su época, sino ante la humanidad. La película recuerda que el poder sin ética deja cicatrices históricas, y que ignorarlas es abrir la puerta a que se repitan.

