Chalamet en pos del Oscar con Marty Supreme
Marty Supreme es una de esas películas que se mueven con soltura entre el biopic libre y el retrato de obsesión, una marca ya reconocible del cine de Josh Safdie, quien dirige en solitario este proyecto tras su trabajo previo junto a su hermano Benny. La cinta toma como punto de partida la figura de Marty Reisman, legendario jugador estadounidense de ping-pong, pero evita el molde tradicional del drama deportivo para apostar por una mirada más nerviosa, cruda y profundamente humana.
El gran motor de la película es Timothée Chalamet, quien encarna a Marty con una intensidad casi febril. Su interpretación se aleja del héroe inspiracional: aquí vemos a un personaje arrogante, brillante y autodestructivo, impulsado por una necesidad constante de validación y victoria. Chalamet asume el reto físico y emocional del papel, logrando que incluso los momentos más antipáticos del personaje resulten fascinantes.
El reparto se complementa con nombres como Gwyneth Paltrow, en un papel secundario pero significativo, que aporta contraste emocional y cierta distancia frente al torbellino que representa Marty. El elenco de apoyo funciona más como satélites que como protagonistas, reforzando la sensación de aislamiento del personaje central.
Safdie imprime a Marty Supreme un ritmo vertiginoso, con cámara inquieta, montaje agresivo y una ambientación que captura la marginalidad de los circuitos clandestinos donde el protagonista forjó su leyenda. La película respira sudor, ruido y tensión constante; no busca embellecer el pasado, sino sumergir al espectador en él. Esa apuesta estilística puede resultar agotadora para algunos, pero es coherente con la psicología del personaje.
En su tramo final, la cinta se permite una reflexión más introspectiva sobre el precio del talento y la obsesión por ganar, aunque sin ofrecer redenciones fáciles. Marty Supreme no pretende glorificar a su protagonista, sino exponerlo con todas sus contradicciones.
Irregular por momentos, pero poderosa en su ambición, Marty Supreme confirma a Josh Safdie como un cineasta interesado en personajes al límite y consolida a Timothée Chalamet como uno de los actores más arriesgados de su generación. Una película incómoda, intensa y lejos de lo convencional, que se queda resonando más por su energía que por sus respuestas.

