Salvatierra, zona de artesanos y delicias

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En el corazón del Bajío, donde la tierra respira historia y cada piedra guarda un suspiro del pasado, Salvatierra se desplegó ante nosotros como un río de memorias. Todo comenzó en el Hotel El Santuario, un faro de cantera rosa que, con su presencia majestuosa, nos invitó a sumergirnos en la plaza principal. Ahí, entre portales de colores y fachadas coloniales, la ciudad se reveló como un libro antiguo abierto al viento.

La economía se sentía en el aroma del maíz, en el crujir del cacahuate y la dulzura vibrante de la guayaba, que nos llevaba a descubrir cada rincón. En el restaurante Santero, la luz era un abrazo amarillo, cálido, que se colaba entre las mesas y nos envolvía en un ambiente íntimo. Cada bocado era un susurro contemporáneo, un puente entre la tradición y la innovación. Pero fue en el Rancho El Mezquite donde el aire se volvió a cargar de magia. Allí, bajo la guía de Zulima Barrera Guerra, nos convertimos en vaqueros por un día.

Aprendimos a cepillar al caballo con ternura, a ensillar con cuidado y a dar los primeros pasos en su lomo, como si cada galope fuera un latido del campo. Luego, en Viñedo Las Maravillas, don Ezequiel Pérez Sánchez, con manos de soñador, nos mostró cómo cada cepa se alza como un pequeño milagro. Y fue Érica Castro sud directora de promoción y difusión, quien, con su voz, nos habló de la magia de los dulces de guayaba, del queso y las carnes frías, integradas en la cata como un suspiro de tradición.

Finalmente, Migue Fuentes Ramírez fue nuestro faro, guiándonos por las calles adoquinadas, donde cada monumento es un verso, cada paso un regreso a casa, como un dulce de guayaba que se deshace en la memoria, eterno, como la tierra misma.

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