El Afinador, cine refrescante
Por Martín López
El mundo del cine siempre busca maneras de refrescar las narrativas tirando de la enorme cantidad de recursos que un medio audiovisual puede ofrecer. Por ello existen cintas que, más allá de diálogos memorables que encuentran en las palabras mil y un maneras de contar una historia, se permiten redefinir los medios narrativos en búsqueda de identidades propias que muestren una ambición cinematográfica.
En tiempos de reboots, remakes y secuelas, ofrecer propuestas frescas que demuestren una personalidad resulta cada vez más complicado, especialmente si volteamos a ver la situación de la industria en la actualidad, la ha llevado a ser celosa de lo que muestra en la gran pantalla.
Por ello se torna gratificante cuando cineastas como Daniel Roher migran desde el cine documental hacia el mundo de las historias ficcionadas, proponiendo proyectos novedosos que permiten al público una bocanada de aire fresco sobre el mar de las franquicias que parece asfixiar a la taquilla.
El Afinador nos cuenta la historia de Niki (Leo Woodall), un joven afinador de pianos con oído absoluto que, de buenas a primeras, se convierte en un experto usurpador de cajas fuertes.
La trama, evidentemente, tiene más fondo de armario, de donde vale la pena el personaje de Harry (ejecutado de manera impecable por Dustin Hoffman), el amigo y mentor de Niki que deleita al público con sus intermitentes intervenciones y que, además, sirve en muchas ocasiones como válvula de escape que permite a la trama avanzar. Digamos que Harry es ese factor común que siempre influye en la cinta, aún cuando no está presente en pantalla.
Hay dos situaciones que suceden de manera paralela dentro de la cinta y que ayudan a construir al personaje de Niki. La primera es su relación con Ruthie (Havana Rose Liu), una chica que conoce en uno de sus tantos días afinando pianos, la cual en principio muestra bastante apatía en relación a la llegada del afinador, quien interrumpe su ensayo programado, pero que posteriormente termina por mostrar un interés en él como consecuencia de la personalidad sumamente terca de Harry, quien, por decir menos, obliga a Niki a llevar los libros de Ruthie y acompañarla hasta la escuela donde estudia música.
La segunda situación es la parte más descabellada de la trama y es la que relaciona a nuestro protagonista con el robo de cajas fuertes. Quizá por mera broma del destino, termina por involucrarse con Uri (Lior Raz), una especie de matón extranjero con quien genera una relación criminal en donde Niki únicamente debe de cumplir con la función de abrir estas cámaras de seguridad con su capacidad especial para hacerlo, simplemente escuchando el accionar del mecanismo que abre la cerradura.
Resulta que esta habilidad la desarrolla en una noche de ocio en la que decide investigar todo sobre esta práctica, tras ofrecerse de manera voluntaria para apoyar a Harry con un pequeño problema que curiosamente implica abrir una caja fuerte de la que han olvidado la contraseña.
Es así que Niki termina involucrado en una relación que posteriormente se verá amenazada por el tipo de vida secreta que lleva como criminal silencioso. Aquí es donde inicia el concierto.
El trabajo de montaje que maneja la cinta se ve fuertemente ligado al apartado sonoro, a razón de que el personaje principal cuenta con una condición auditiva conocida como hiperacusia, la cual se caracteriza por generar hipersensibilidad al sonido. Esta cualidad tan peculiar es la que cambia el juego, pues el cineasta Daniel Roher entiende en esto una oportunidad única de crear una narrativa sonora.
La película no cuenta una historia solo de la mano de la música que escuchan los personajes y por la banda sonora per se —que en realidad ya es bastante buena por sí sola—, sino que busca literalmente hacer sentir al espectador lo que Niki siente cuando debe sufrir para escuchar. Esta es la peculiaridad narrativa de la cinta.
Claro que el largometraje tiene fallas, y constantemente peca de “guionazos” cuando la trama debe continuar y encuentra el camino a seguir en las conveniencias argumentales. Sin embargo, el viaje resulta ameno y disfrutable. Como una buena sesión de jazz.
Más allá de las fallas y los grandes aciertos, Tuner es una cinta de esas que da gusto ver, pero que además ofrecen narrativas poco convencionales que el espectador agradece encontrar exhibidas en cartelera.

