Diablos Rojos de las penumbras al cielo

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En el Día de la Santa Cruz, cuando los albañiles levantan estructuras entre polvo, fe y paciencia, los Diablos Rojos del México, construyeron su propia obra imposible: una remontada que desafió la lógica y quedó erguida como catedral en medio de la noche.

Durante ocho entradas, los Guerreros de Oaxaca parecían los verdaderos arquitectos del juego. Con 16 imparables, levantaron un dominio sólido, piedra sobre piedra, hasta colocar un 5-0 que lucía inamovible. Desde la lomita, Raymond Burgos fue capataz y guardián, lanzando seis entradas en las que apenas permitió dos hits, con una base por bolas y cuatro ponches. Luego, Taylor Lehman prolongó la estructura con dos episodios en blanco, donde el silencio ofensivo escarlata parecía definitivo.

La ofensiva oaxaqueña también hizo su parte con precisión de plomada: una carrera en la tercera, dos en la quinta y una más en la sexta y séptima. Todo encajaba. Todo firme.

Pero el beisbol, como la obra más caprichosa, nunca está terminado hasta el último ladrillo.

En la novena entrada, los Diablos dejaron de ser espectadores de su propia caída y tomaron herramientas invisibles. Franklin Barreto conectó un jonrón de dos carreras que abrió la primera grieta. Maikel Franco siguió con otro cuadrangular de dos anotaciones, y el concreto empezó a resquebrajarse. Ramón Flores, con un sencillo productor, empató el juego a cinco y convirtió la noche en un terreno sin planos ni certezas.

Del lado rojo, el montículo había resistido como cimiento oculto. James Kaprielian trabajó 4.1 entradas con seis hits y tres carreras, pero con siete ponches que evitaron un daño mayor.

Después, seis relevistas se combinaron para lanzar 6.2 entradas, permitiendo solo dos carreras, sin otorgar bases por bolas y sumando seis ponches más. Trece en total. Trece golpes de martillo que mantuvieron viva la estructura.

El juego se fue a extra innings, como esas obras que se extienden más allá del horario, cuando solo quedan los que creen.

Y en la undécima entrada, apareció Jon Singleton.

Primer pitcheo. Un swing limpio, sin titubeos. La pelota salió disparada hacia el jardín izquierdo, cruzando la barda como una chispa que enciende todo. Un batazo que no solo selló el 6-5, sino que coronó la construcción más improbable de la temporada.

Walk-off. Otra vez. La cuarta del año para los Diablos, y la tercera en esta serie, completando la barrida con marcadores de 6-5, 10-9 y 6-5.

Singleton, con 11 cuadrangulares y 25 producidas, no solo lidera la liga; lidera momentos que no se explican, solo se sienten.

En el Día de la Cruz, mientras en la ciudad se levantan altares entre varillas y cemento, los Diablos levantaron algo distinto: una victoria que parecía imposible, construida a pulso, con fe y a contrarreloj. Una de esas que no se derrumban, porque quedan colgadas en la memoria como símbolo de que, incluso cuando todo está perdido, siempre hay una última jugada por edificar.⚾

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