Jackman regresa en La muerte de Robin Hood

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Por Martín López

La historia de Robin Hood se ha contado en incontables ocasiones. Las razones pueden ser muchas, pero es una realidad que esto le ha permitido al emblemático personaje del arco y la flecha anclarse en el imaginario colectivo.
Un justiciero que roba a los que más tienen para repartirlo entre los menos afortunados parece una historia narrada por aquellos hartos de las injusticias, quienes buscan de alguna manera consuelo en la ficción. O al menos esa es la idea que plantea La muerte de Robin Hood, una cinta que aborda la figura del personaje como un cúmulo de historias falsas contadas por una variedad enorme de pueblos que magnifican el actuar de un ladrón, motivados por el deseo de una sociedad justa.
Ubiquemos rápidamente la historia en un momento atrapado en el tiempo donde las sociedades recién comienzan a florecer y la supervivencia de los más fuertes se presenta de forma visceral, cobrando la vida de aquellos que sucumbieron ante el poderío de alguien más.
Pensemos entonces en este Robin Hood como un asesino cauteloso pero sanguinario que, con la letalidad que le otorga su mira tras un arco, se forjó un nombre que de región en región ha viajado como una señal de cautela para aquellos que osen cruzarse en su camino.
Esta naturaleza más bestial sostiene la primera mitad de la cinta, en donde el maestro del tiro con arco muestra de manera constante en pantalla su versatilidad en el fino arte de los mercenarios, dejando tras su paso secuencias demenciales protagonizadas por momentos de total brutalidad en los que se concentra una enorme cantidad del esfuerzo de producción puesto en la película.
La brutalidad, en este sentido, se permite presentarse como una herramienta narrativa que el cineasta utiliza de manera constante, otorgándole un peso dentro de la historia con el que carga hasta el final.
La segunda mitad de la cinta, por su parte, resulta más contemplativa y reflexiva al presentar un momento más introspectivo en la vida de Robin Hood. Un momento de exilio donde se le permite vivir una nueva vida, alejado de la violencia desmedida y las deudas de sangre, para disfrutar de la vida en comunidad apostando a una realidad con propósito que propicie una convivencia armónica.
Y es que el cascarrabias Robin Hood se presenta en esta cinta como un hombre en el ocaso de su vida, quien día con día sobrevive a la espera de algún descendiente de sus víctimas que de forma inapelable clame por su vida, así como él lo ha hecho a lo largo de la suya.
Es en este momento de oscuridad cuando un viejo amigo, ahora de nombre Edward, se presenta ante él en busca de ayuda, pues tras ser atacado fue despojado de manera sanguinaria de sus tierras, su hija y su esposa.
Motivado en principio por la búsqueda de una muerte justa, Robin Hood acepta realizar el favor, sin saber que este encuentro deliberado resulta ser un cambio significativo en su forma de ver la vida.
Si bien la cinta cuenta con una ejecución correcta, es una realidad que el producto final muestra carencias a la hora de hilar una historia, ya que resulta arriesgado plantear en primera instancia un ritmo frenético lleno de momentos con mucho shock visual para terminar por dar un giro argumental al inclinar la narrativa hacia la humanización de un personaje que durante toda la cinta ha sido mostrado como un monstruo.
El problema es que el cambio resulta agresivo, sacando de manera abrupta al espectador para colocarlo de un momento a otro en lo que parece una película completamente distinta. En este sentido, la cinta parece alargarse hasta el punto del fastidio como consecuencia de una sobresaturación de violencia en un principio y una escasez de acción al final.
Se entiende que nace en función de contar una historia de redención, pero al no contar con una línea argumental lo suficientemente sólida como para sostener la trama, el largometraje se despedaza, contando con un acto final que raya en lo tedioso y que juega en contra de lo previamente construido por la cinta.
Aun con esto, es una realidad que es muy acertada la atmósfera que envuelve a la cinta, mostrando un nivel de producción descomunal, lo que permite al director Michael Sarnoski valerse de paisajes hermosamente apabullantes para transportar así al espectador a un mundo único que parece mantenerse suspendido en el pasado.
Las actuaciones de Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård y en general de todo el reparto aportan una parte importante de este mundo por momentos onírico que se desprende por mucho de las propuestas cinematográficas con las que le toca competir en las salas, por lo que La muerte de Robin Hood llega como una opción distinta que promete ofrecer a las butacas una experiencia única abanderada por la violencia gráfica.

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