«De perfil», de José Agustín. Nueva edición de Penguin Random House

Debolsillo

Prólogo de Juan Villoro (publicado originalmente Los once de la tribu; México, editorial Aguilar, 1995): ¡Hombre en la inicial!

Obra gráfica de portada: Pedro Friedeberg / Cromaticornios II, 2020

Fotografía del autor: Ricardo Vinos

Quinta edición de Bolsillo: agosto, 2022. Penguin Random House Grupo Editorial

De perfil, glosa la vitalidad de una juventud ferozmente irónica que sobrelleva sin prejuicios la crisis de sus hogares, tramita su educación en la educación universitaria y cae, con mucho menos miedo que entusiasmo en tiránicas relaciones amorosas con los mitos de moda. Alguien invita a su mejor amigo a huir de casa mientras otros viven disparatadas aventuras o transitan por fiestas ruidosas, el vino, la cultura, manoseadas revistas pornográficas, y el submundo de las sirvientas donde no se sabe qué es peor, si cazar o ser cazado. Pero quizás es el lenguaje el principal protagonista de esta moderna picaresca en que el autor, pendiente de los estratos donde mueve a sus personajes, burla el idioma convencional, empeñado en una dinámica y mordaz renovación estilística.

En esta novela, el narrador es un adolescente de los prósperos años sesenta, sin problemas económicos que describe sus años de formación. En su escritura, sabiamente llevada por el autor, las reglas de la gramática se le deshacen entre los dedos como cubos de hielo; además maneja diestramente la feroz jerga del medio, el lenguaje de “la Onda”, pleno de anglicismos, de neologismos, de sílabas telescopiadas. Habla que sigue su dinámica y en la que triunfa una vitalidad desatada. El mundo en esta novela es el de la adolescencia que nos sorprende con su desasosiego, su secreta ternura, su procacidad.

El protagonista tiene que hacerse a la idea de que unos señores de mediana edad, un tanto ridículos y a los que tutea, son sus padres. Padece los intentos de seducción de sus criadas, más el sexo “no le interesa gran cosa”. Estudia apenas para pasar los exámenes e ingresa a una universidad en plena grilla, llena de golpeadores, lidercillos y demás fauna. Esto no le importa mucho: se trata de dar tiempo al tiempo. Alguna vez tendrá que escoger una carrera, obtener un título y tomar su lugar en el mundo de la respetabilidad al que de momento niega en los manifiestos que firma y con su manera de ser y hablar. José Agustín trajo a sus primeras narraciones vivencias nuevas: la cultura “pop”, la influencia de la televisión, la música de rock y el culto a sus intérpretes.

Escribe Juan Villoro en esta nueva edición de De perfil: “si José Agustín recibiera las regalías de todos los libros que leímos gracias a él, estaría nadando en la alberca de Elvis Presley”.

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El propio, José Agustín, escribió en su libro, Camas de campo (campos de batalla), 1993, sobre su segunda novela, publicada originalmente el 28 de septiembre de 1966: “a finales de 1964, una tarde, me senté a mi máquina Olivetti, comprada por mi padre, sin ninguna idea preconcebida. Al instante escribí: “Detrás de la gran piedra y del pasto está el mundo en que habito”, tras lo cual, siguieron las primeras páginas de una narración en la que un joven sin nombre, al borde de entrar a la preparatoria, habla de sus padres, cuenta de una borrachera con sus amigos de la escuela y conoce a Octavio, un joven que lo inquieta mucho. Todo esto me gustó mucho, pero no le di demasiada atención, pensé que era un cuento que salía y ya. Sin embargo, al poco tiempo descubrí que escribirlo me fascinaba, y así fui acumulando páginas sin ningún orden ni plan, tan sólo dejaba que saliera lo que después me pareció un cuento largo y luego una novela corta y más tarde una novela con todas las de la ley, ya que en unos meses llevaba más de doscientas cuartillas.”

En 1995, el escritor y dramaturgo, Vicente Leñero, escribió, acerca de De perfil, en el volumen Lotería. Retratos de compinches: “mientras hablábamos y hablábamos de literatura y de los mil chismes de la horrible política cultural –cerrada en aquellos tiempos como un cinturón de castidad–, Agustín se puso a trabajar en lo que sería e iba siendo De perfil. Llegaba un lunes, por ejemplo, y sobre las fotos de moda o las recetas de cocina, arrojaba en mi escritorio un buen tambache de páginas bond escritas a máquina con el sólo índice de su mano derecha metralleado sobre las teclas como martillito de zapatero. Yo me iba a mi casa con el tambache, o allí mismo –suspendido el trabajo revistero– me ponía a examinar página por página y a señalarle con lápiz cuanta fregadera o posibilidad desperdiciada o error sintáctico me iba encontrando. La verdad, lo que encontraba más, por encima de fallas secundarias, era un texto fascinante. El mundo de un nuevo lenguaje coloquial audacísimo. La pirotecnia de una realidad desenfadada, pero al mismo tiempo intensa como cólico de apendicitis, que nunca sospeché de aquel jovenzuelo de risa tipluda y enfermo de brinquitos.

Me entusiasmó De perfil desde sus borradores iniciales, desde su primera, desde su segunda versión. Me admiró la capacidad de Agustín para corregir, para rehacer párrafos y capítulos, para encontrar posibilidades inexploradas y variantes ingeniosas. Me sentí privilegiado de estar leyendo, y descubriendo, a un escritor definitivamente nuevo y original, capaz de irritarnos con su palabrerío ondero –el término se inventaría después– y de aportar a nuestra literatura precisamente eso: lo que se llamó espontaneidad, frescura, descaro.

La crítica nunca descubrió en De perfil, ni en los libros que vinieron después, el sentido que yo entiendo como religioso de la narrativa de José Agustín. No descubrió que detrás de aquel relajo, “detrás de la gran piedra y el pasto” tembelequeaba como gelatina una preocupación existencial por la ética, por los calores trascendentales (perdón por la palabreja, diría Agustín) de una juventud a la que sólo se quería ver como dispuesta para el desmadre. De perfil es todo, menos un libro superficial, y sus jóvenes no son simple muñecos de paja, vacíos del cerebelo. Son eso que son y ya está escrito: muchachos que encuentran en la presencia del padre –por rastrear un ejemplo significativo–una figura de bondad enfocada desde la ternura, y no el simple punching bag de los hijos rebeldes que a fuerza necesitan aporrear al pobre negro del Tírele al Negro, para desahogar frustraciones e independizarse de la maldita autoridad. José Agustín no escribía de oídas ni desde el diván de un psicoanalista; no narraba para convencernos con los lugares comunes endilgados hasta la saciedad en todos los libros sobre el dramón de ser joven.”

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