Supergirl vuela alto
Estrena Supergirl, el segundo capítulo fílmico de la era de James Gunn al frente de DC Studios, con resultados inmejorables, ya que presenta una historia seria, bien contada y aceptablemente actuada. Craig Gillespie dirige la cinta con el protagónico de Milly Alcock como Kara Zor-El, la nueva Superchica, tras 42 años de ausencia de la prima de Superman en la pantalla grande, retomando su leyenda de origen para también ubicándola en su presente.
Basada en el comic escrito por Tom King, Supergirl: la Mujer del Mañana, la película es un espectáculo visual con el estilo característico de Gunn (quien seguramente influyó en Gillespie para relatar una odisea intergaláctica), realizador de la trilogía de Marvel, Guardianes de la Galaxia. Afortunadamente, Supergirl dista mucho de ser una comedia de pastelazo (como lo fueron las películas del último tramo de Disney-Marvel), tornándose un tanto oscura. Sobresale el subtema de la trata de personas, situación que amplifica el interés en esta producción que logra conectar con las nuevas generaciones, sobre todo, mujeres.
Kara no es la típica paladín, no es hiper sexy, hace lo que le place sin pedir permiso (mucho menos a su súper primo) y entiende perfecto el término sororidad, cuando Ruthye (Eve Ridley), una adolescente en busca de venganza, le pide auxilio para hallar al asesino de su familia. No con tanta reticencia, Kara aceptará, también porque su amada mascota, Krypto, sufre un inconveniente que lo pone al borde del deceso.
Así, ambas viajarán por la galaxia para no sólo cumplir sus respectivas misiones, también, para encontrarse a sí mismas, gestando esta proximidad sin caer en un feminismo recalcitrante. La presencia de Jason Momoa como Lobo es interesante pero breve, de hecho, bien pudo no aparecer, sin embargo, si Gunn continúa al frente de DC Studios, tarde o temprano tendrá mayor preponderancia en esta universo. David Corenswet regresa como el Hombre de Acero apareciendo en diversos momentos como el mentor y guía espiritual de Kara.

