Virtuosas estrena en Macabro

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Por Martín López

Quizá la parte más interesante del cine de terror es la facilidad que tiene para tomar los miedos colectivos y convertirlos en potenciales tramas o historias terroríficas que causen inquietud al compararse de manera paralela con la realidad en la que vivimos.

El caso de Virtuosas es uno de aquellos que toma un problema social que se encuentra en boca de todos y lo eleva hasta el punto del desquicio, ofreciendo perspectivas que, a través del miedo, encuentran un camino concientizador que siembra dudas en el público al arrojarles problemáticas reales a la cara.
Es una realidad que, a nivel político, la derecha se encuentra en un momento de especial auge al retomar o reafirmar su poder en gran parte de los países latinoamericanos que han visto caer su gobierno en las manos del conservadurismo.

En relación a esto, en redes han surgido debates alrededor de una iniciativa que plantea a las mujeres renunciar a su voto electoral con la intención de cederlo a los hombres del hogar, quienes declaran deberían ser los representantes de la familia. Asimismo, el fenómeno de las tradwives ha cobrado especial relevancia al convertirse en un movimiento que, por su naturaleza conservadora asociada a valores tradicionales, parece chocar con la lucha feminista y la búsqueda de la independencia.

Virtuosas, de la directora Cíntia Domit Bittar, lleva estos temas a la gran pantalla presentándolos en un empaque de suspenso que raya en el terror y por momentos se nutre del humor negro para conseguir una cinta sólida, capaz de inquietar al espectador a través de la realidad.

La cinta es protagonizada por Germina (María Galant), una reportera encubierta que, bajo este nombre, decide inmiscuirse en un retiro para mujeres que promete convertir a cualquier prospecto de cónyuge en una esposa ejemplar, según los estándares tradicionales sustentados en valores religiosos.
Lo interesante es que en este templo a los roles de género se encuentra Lorena Canolo (Juliana Lorenção), la pareja de un político prospecto a gobernante, cuyo interés en el reformador retiro surge de la necesidad de presentarse como la esposa trofeo de un candidato que encuentra en la estructura de la familia tradicional un instrumento político capaz de asegurarle unos votos.
Es en este universo construido por la cineasta brasileña que la trama nos presenta a Virginia Heizel (Bruna Linzmayer) como la encargada de guiar a un grupo de cuatro mujeres a una vida de sumisión, dependencia y devoción familiar.
A partir de aquí, el largometraje crea una atmósfera inquietante construida por estéticas sumamente cuidadas y limpias que generan en el espectador una sensación de desconfianza por un entorno sumamente prefabricado.
Si bien es cierto que en la cinta no es una norma la violencia visceral y la sangre desmedida, estos factores aparecen de manera contundente como una herramienta de reanimación narrativa que cumple una función de válvula de escape que resulta fundamental en el momento en que la cinta alcanza su punto máximo de tensión.
Pero aun con todo esto, quizá la propuesta más destacable de la directora fue la osadía artística de crear una cinta de terror enfocada en mujeres, tanto en la producción de la cinta como en el impacto de la trama, lo cual se agradece en un medio de predominancia masculina donde parece ser que los únicos públicos de interés para la industria son los masivos y los masculinos.
Es así que Macabro realiza una jugada de valor al integrar la cinta a un festival que, en cada edición, demuestra que siempre existirá espacio en sus filas para proyectar cintas arriesgadas y novedosas que tengan algo que aportar al universo Macabro.

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